JAVIER MARÍAS LA ZONA FANTASMA
Un madridista enloquecido
JAVIER MARÍAS 24/05/2009
No sería yo un madridista noble (eso no es un oxímoron, ni –ay– tampoco una redundancia) si dejara pasar aquí el humillante 2-6 que nos ha infligido esta temporada el Barça. Nunca creí que me tocaría revivir una sensación como la de 1973, cuando Cruyff y los suyos ganaron 0-5 en Chamartín. Lo más pesado de aquello fueron los muchos años que les duró la exaltación a los barceloneses. A finales de 1974 yo me fui a vivir a Barcelona, y hasta que me marché, en 1978, cada vez que me presentaban allí a alguien y ese alguien se enteraba de que yo era madrileño (mi madridismo no era por entonces vox populi), agitaba la mano abierta durante unos segundos y acompañaba el gesto de una sonrisita más enigmática que amistosa. ¿Por qué saludarán de esta forma tan rara?, me preguntaba. Hasta que comprendí que se trataba, invariablemente, del recordatorio de los cinco goles (lo que se llama, en efecto, “una manita”) que habíamos encajado en nuestro campo. Ahora no sé a qué ademán recurrirán para restregarnos ese 2-6, quizá nos saluden con las dos manos, una abierta como entonces y la otra con el índice enhiesto, o acaso opten por levantarnos el dedo corazón, para mayores grosería y escarnio.
No es que yo esperara nada del Madrid. Es más, en una entrevista del diario As había pronosticado un 1-2 a favor del Barça y había reconocido el abismo existente, a lo largo de la Liga, entre el juego de los dos equipos. No me costó demasiado rendirme a la evidencia. Cualquier buen aficionado al fútbol, independientemente de sus colores, sabe ver que el Barça juega de maravilla, y lo que siente es sobre todo envidia. Ahora bien, ese equipo se ensañó en su superioridad, algo que el Madrid no suele hacer: recuerdo cómo, hace años, tras meterle el Madrid de Valdano un 5-0 en Chamartín, aflojó el ritmo, no quiso humillar al rival ni hacerle sangre. De manera que, cuatro días después, cuando el Barcelona visitaba Londres para enfrentarse al Chelsea en la Copa de Europa, decidí ir con los de Stamford Bridge pese a que en el partido de ida, en el Nou Camp, había ido con los culés. Que un madridista pueda ir con el Barça en alguna ocasión es algo que irrita sobremanera a los seguidores de este club. Primero se quedan desconcertados, creyendo que se les toma el pelo. Luego, al ver que uno va en serio, buscan una razón negativa: “Ah, ya. Como el Barça sólo ha ganado hasta ahora dos Copas de Europa, preferís que no se acerquen otros a las nueve que habéis conquistado, como el Milán con sus siete o el Liverpool con sus cinco”. Sólo parecen concebir motivaciones mezquinas.
Así que llegó el día del Chelsea, y aunque este fue mi equipo inglés favorito (antes de que lo comprara el magnate ruso Abramovich, que lo ha ensuciado), a los pocos minutos me di cuenta de que “no me salía” apoyarlo, pese a mi determinación previa. Quizá me influyó que la persona que más quiero es culé apasionada, y pensé que estaría sufriendo. Y sin duda el hecho de que, aunque bastantes catalanes no nos tengan a los demás por tales, yo no puedo evitar sentirlos compatriotas, es decir, parte de mí o de nosotros (guste o no, son ya muchos siglos caminando juntos y padeciendo infortunios semejantes). Considero a Guardiola un hombre inteligente y además me cae bien, lo mismo que el grueso de los jugadores actuales (aparte Henry y Alves y Eto’o, tirando a chulos). Tan sólo cuatro días después del 2-6, por tanto, me vi animando al Barça y me alegré cuando Iniesta marco el gol del empate. Claro que unos minutos más tarde empecé a arrepentirme, al ver a sus hinchas con camisetas que llevaban estampado: “2-6, yo estuve allí” o alguna memez por el estilo. Estuvimos todos, qué se creen.
Ya no sé qué hacer, estoy enloquecido. El miércoles próximo el Barcelona disputa la gran final contra el Manchester United, que me cae como un tiro, entre otras razones por el antimadridismo furibundo de su chicloso entrenador, Ferguson, que se dedica a propalar falsedades sobre los títulos ganados por el Madrid en la época de Di Stéfano, afirmando que se los debió a Franco (hay que ser tonto: como si Franco hubiera tenido nunca influencia en Europa y el Madrid no hubiera sido una presa más del franquismo). Iré, así pues, con el Barça, para rabia de culés rabiosos. Al fin y al cabo su fútbol me encanta, y además forma parte de la historia pasional de cualquier merengue.
En cuando al 2-6, todos los futboleros sabemos cuán poco duran las tristezas y las alegrías. Tras el 0-5 de 1973, el Madrid se levantó y cayó varias veces. Pero ganó tres Copas de Europa más, en 1998, 2000 y 2002, tantas como espero que el Barça haya obtenido en toda su historia después del miércoles. Eso sí que no hay quien lo mueva, eso sí que no se olvida. Sólo confío en que nuestro futuro Presidente traiga de entrenador a Laudrup (en vez de a un paquidermo), el único técnico actual que puede competir con Guardiola en juventud, inteligencia, educación, modestia, atención a la cantera y concepción generosa del juego. A los madridistas no nos basta con ganar, y él es el único que puede conseguir un día que veamos a una especie de Barça vestido de blanco.
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domingo, 31 de mayo de 2009
jueves, 23 de abril de 2009
lunes, 13 de abril de 2009
Bachillerato con adultos, Javier Marías
JAVIER MARÍAS LA ZONA FANTASMA
Bachillerato con adultos
JAVIER MARÍAS 12/04/2009
En el irreversible proceso de deterioro de la lengua hablada y escrita en España, se está ya alcanzando la fase más irritante y escandalosa, que es aquella en la que quienes hablan y escriben mal creen además hacerlo bien, y se permiten señalar como “incorrecciones” en otros lo que justamente sí es correcto. Es el mundo al revés, como se lamentaban nuestras abuelas. Las personas que afean usos correctos no son sólo ignorantes, sino temerarias y perezosas, pues ni siquiera se molestan en comprobar si llevan razón. Están convencidas de tenerla porque la mayoría ya habla y escribe como ellas, y dan por sentado que un error de muchos se convierte automáticamente en acierto. Por supuesto que todo el mundo puede hablar y escribir como le venga en gana, eso no está multado: no soy ningún purista, la lengua está en evolución permanente, la conforman los usuarios, y hay palabras que, por el insistente significado erróneo que éstos les han dado, han pasado a querer decir también algo distinto de lo que significaban, o aun opuesto. Así “álgido” y “lívido”. Eso no supone, sin embargo, que “álgido” y “lívido” ya no puedan ser empleadas en sus acepciones originales, de “glacial” y “amoratado” respectivamente, y sería ridículo –además de necio– reprocharle a alguien tales usos. Pues el equivalente a esto último es lo que está ocurriendo.
Hace ya años que algunos lectores me han acusado de recurrir al verbo “deber” para expresar una inferencia, ignorando que, así como no puede nunca decirse “deber de” para lo imperativo (esa es precisamente la fórmula para la inferencia: “debe de haberle sentado algo mal”, y jamás “el Gobierno debe de atender nuestras peticiones”, como sueltan casi todos los políticos y locutores), sí puede decirse “deber” a secas para las suposiciones: “debe ser amigo suyo” es correcto, y yo a veces, por una cuestión silábica y de ritmo de la prosa, he omitido el “de” en teoría preceptivo en estos casos. Es una opción, no una incorrección.
Pero lo que me mueve a escribir este artículo es que hace poco un respetable y veterano periodista se dirigió a este suplemento “suplicando a quien corresponda que ponga remedio al insoportable loísmo de Marías”. Me reprochaba escribir “LO” a menudo cuando, según él, “corresponde LE”, y ponía como ejemplo flagrante una columna mía sobre Bernhard en la que yo decía, refiriéndome siempre al autor austriaco, “Y se LO leyó, ya lo creo que se LO leyó … No fueron pocos los novelistas que LO imitaron”. Y luego: “Se LO leyó bastante mal”, y también “… que se LO tradujera”. Tan insoportable le parecía todo esto al periodista que instaba a alguien responsable a impedirme seguir incurriendo en lo que para él era “ese defecto lingüístico”. Le contesté privadamente, pero quizá no esté de más aclarar la cuestión también públicamente, y esto es lo que vine a explicarle:
“Muy señor mío: Gracias por su carta relativa a mi supuesto defecto de ‘loísmo’, y por lo tanto por su atención. Debo decirle, sin embargo, que usted considera defecto algo que es absolutamente correcto, como comprobaría si se molestara en consultar una gramática. Lo correcto en español, cuando se utilizan verbos transitivos como ‘leer’, ‘imitar’ o ‘traducir’, es utilizar ‘lo’ aunque se trate de personas. Así, decir ‘A Juan lo vi ayer en la calle’ es más correcto que ‘A Juan le vi ayer en la calle’, aunque esta última opción sea muy frecuente en España y esté ya admitida y aceptada. Rara vez verá, pese a ello, que la empleen ningún andaluz ni ningún latinoamericano, que observan más que otros hispanohablantes la mayor corrección de ese ‘lo’. Si se tratara de una mujer, diríamos todos, sin duda, ‘A Juana la vi ayer en la calle’, y nunca ‘A Juana le vi ayer en la calle’, lo cual le indica que Juan y Juana son acusativos o complementos directos, según las antiguas denominaciones, y que por ello lo más correcto es decir ‘lo’ y ‘la’, respectivamente, en la frase puesta como ejemplo. A usted le parece ‘insoportable’ mi ‘loísmo’. Está en su derecho, pero antes de calificarlo de ‘defecto lingüístico’, cerciórese de que lleva razón. Señalar como defecto lo que precisamente es correcto sí que me resulta a mí insoportable”.
Me temo que a estas alturas el lío con “lo”, “le” y “la” es mayúsculo entre los hablantes, abandonados desde hace lustros a una educación grotesca. En el afán por evitar el “laísmo”, que está especialmente condenado y es muy feo, oigo sin cesar frases como “A Isabel hay que ayudarle”, o “que oírle”, o “que temerle”, cuando debería ser “ayudarla”, “oírla” y “temerla”. Quizá va siendo hora de recuperar las viejas reglas para saber si un verbo es transitivo y exige “lo” (aunque “le” esté admitido) y “la” para sus complementos directos masculino y femenino, respectivamente. Uno se preguntaba, recuerdan: ¿Qué o quién es lo leído, imitado, traducido, visto, ayudado, oído o temido? Bernhard, Juan, Juana, Isabel. Luego “lo” y “la” en todos los casos, o, si se prefiere, “le” en los de Juan y Bernhard. Parece mentira que haya que volver al bachillerato con adultos, maldita sea.
Bachillerato con adultos
JAVIER MARÍAS 12/04/2009
En el irreversible proceso de deterioro de la lengua hablada y escrita en España, se está ya alcanzando la fase más irritante y escandalosa, que es aquella en la que quienes hablan y escriben mal creen además hacerlo bien, y se permiten señalar como “incorrecciones” en otros lo que justamente sí es correcto. Es el mundo al revés, como se lamentaban nuestras abuelas. Las personas que afean usos correctos no son sólo ignorantes, sino temerarias y perezosas, pues ni siquiera se molestan en comprobar si llevan razón. Están convencidas de tenerla porque la mayoría ya habla y escribe como ellas, y dan por sentado que un error de muchos se convierte automáticamente en acierto. Por supuesto que todo el mundo puede hablar y escribir como le venga en gana, eso no está multado: no soy ningún purista, la lengua está en evolución permanente, la conforman los usuarios, y hay palabras que, por el insistente significado erróneo que éstos les han dado, han pasado a querer decir también algo distinto de lo que significaban, o aun opuesto. Así “álgido” y “lívido”. Eso no supone, sin embargo, que “álgido” y “lívido” ya no puedan ser empleadas en sus acepciones originales, de “glacial” y “amoratado” respectivamente, y sería ridículo –además de necio– reprocharle a alguien tales usos. Pues el equivalente a esto último es lo que está ocurriendo.
Hace ya años que algunos lectores me han acusado de recurrir al verbo “deber” para expresar una inferencia, ignorando que, así como no puede nunca decirse “deber de” para lo imperativo (esa es precisamente la fórmula para la inferencia: “debe de haberle sentado algo mal”, y jamás “el Gobierno debe de atender nuestras peticiones”, como sueltan casi todos los políticos y locutores), sí puede decirse “deber” a secas para las suposiciones: “debe ser amigo suyo” es correcto, y yo a veces, por una cuestión silábica y de ritmo de la prosa, he omitido el “de” en teoría preceptivo en estos casos. Es una opción, no una incorrección.
Pero lo que me mueve a escribir este artículo es que hace poco un respetable y veterano periodista se dirigió a este suplemento “suplicando a quien corresponda que ponga remedio al insoportable loísmo de Marías”. Me reprochaba escribir “LO” a menudo cuando, según él, “corresponde LE”, y ponía como ejemplo flagrante una columna mía sobre Bernhard en la que yo decía, refiriéndome siempre al autor austriaco, “Y se LO leyó, ya lo creo que se LO leyó … No fueron pocos los novelistas que LO imitaron”. Y luego: “Se LO leyó bastante mal”, y también “… que se LO tradujera”. Tan insoportable le parecía todo esto al periodista que instaba a alguien responsable a impedirme seguir incurriendo en lo que para él era “ese defecto lingüístico”. Le contesté privadamente, pero quizá no esté de más aclarar la cuestión también públicamente, y esto es lo que vine a explicarle:
“Muy señor mío: Gracias por su carta relativa a mi supuesto defecto de ‘loísmo’, y por lo tanto por su atención. Debo decirle, sin embargo, que usted considera defecto algo que es absolutamente correcto, como comprobaría si se molestara en consultar una gramática. Lo correcto en español, cuando se utilizan verbos transitivos como ‘leer’, ‘imitar’ o ‘traducir’, es utilizar ‘lo’ aunque se trate de personas. Así, decir ‘A Juan lo vi ayer en la calle’ es más correcto que ‘A Juan le vi ayer en la calle’, aunque esta última opción sea muy frecuente en España y esté ya admitida y aceptada. Rara vez verá, pese a ello, que la empleen ningún andaluz ni ningún latinoamericano, que observan más que otros hispanohablantes la mayor corrección de ese ‘lo’. Si se tratara de una mujer, diríamos todos, sin duda, ‘A Juana la vi ayer en la calle’, y nunca ‘A Juana le vi ayer en la calle’, lo cual le indica que Juan y Juana son acusativos o complementos directos, según las antiguas denominaciones, y que por ello lo más correcto es decir ‘lo’ y ‘la’, respectivamente, en la frase puesta como ejemplo. A usted le parece ‘insoportable’ mi ‘loísmo’. Está en su derecho, pero antes de calificarlo de ‘defecto lingüístico’, cerciórese de que lleva razón. Señalar como defecto lo que precisamente es correcto sí que me resulta a mí insoportable”.
Me temo que a estas alturas el lío con “lo”, “le” y “la” es mayúsculo entre los hablantes, abandonados desde hace lustros a una educación grotesca. En el afán por evitar el “laísmo”, que está especialmente condenado y es muy feo, oigo sin cesar frases como “A Isabel hay que ayudarle”, o “que oírle”, o “que temerle”, cuando debería ser “ayudarla”, “oírla” y “temerla”. Quizá va siendo hora de recuperar las viejas reglas para saber si un verbo es transitivo y exige “lo” (aunque “le” esté admitido) y “la” para sus complementos directos masculino y femenino, respectivamente. Uno se preguntaba, recuerdan: ¿Qué o quién es lo leído, imitado, traducido, visto, ayudado, oído o temido? Bernhard, Juan, Juana, Isabel. Luego “lo” y “la” en todos los casos, o, si se prefiere, “le” en los de Juan y Bernhard. Parece mentira que haya que volver al bachillerato con adultos, maldita sea.
lunes, 30 de marzo de 2009
El desprestigio de la FP
El desprestigio de la FP
Es hora de fomentar la Formación Profesional y de acabar con los prejuicios en su contra
EL PAÍS - Opinión - 24-12-2007
Cada año salen al mercado más titulados universitarios que de Formación Profesional. Unos 190.000 frente a unos 150.000, respectivamente. Nadie parece haberse parado a pensar o, al menos, a exponer los perjuicios crecientes de esta situación tanto para el equilibrio del mercado laboral como para el desarrollo del país y para los intereses de los afectados de forma más inmediata, los jóvenes. La pirámide se está invirtiendo y si cada vez hay más titulados universitarios que saben, por ejemplo, hacer proyectos, no sucede lo mismo con quién los va a ejecutar.
Lo que cobran los universitarios cuando entran en el mercado laboral se está acercando cada vez más a lo que ganan los jóvenes que han cursado sólo la educación obligatoria, es decir, la ESO. La FP -que es la otra opción al Bachillerato después de conseguir el título de ESO- está en un punto intermedio, pero el 80% de los titulados en ella en muchas comunidades encuentra trabajo en su campo antes de seis meses. No les pasa lo mismo a los universitarios.
La FP sigue considerándose socialmente como la opción para los estudiantes que no están capacitados para ir a la Universidad. El 71% de los padres de alumnos de 16 años quiere que su hijo tenga estudios superiores. La consecuencia es que sólo 3 de cada 20 alumnos que acaban la ESO eligen la FP en lugar del Bachillerato. Esta situación no encaja, además, con que el 30% de los alumnos de esa edad ni siquiera logra el título de ESO.
A estas creencias populares que desprestigian injustamente una opción educativa (compuesta por dos etapas, FP de grado medio y FP de grado superior) que forma profesionales imprescindibles para el sistema productivo español, se une la falta de voluntad política para buscar una solución, más allá de las buenas palabras que siempre expresa el Gobierno de turno sobre la FP. Esta etapa necesita un verdadero vuelco, precisa repensar sus dos conexiones: con el mundo empresarial y con el ciudadano. Sería deseable meterla directamente en las empresas, darla a conocer bien en los colegios e institutos e incentivar su elección. Y no sería mala idea incluso cambiarla de nombre, como proponen algunos expertos.
En otros países, la FP no está desacreditada ni mucho menos. Más bien al revés. Sólo el 36% de los jóvenes españoles ha hecho una Formación Profesional de grado medio, casi la mitad que en Alemania (67%) o en Italia (62%), y estamos a años luz también en este tema del país ejemplar en todas las cuestiones educativas: Finlandia. Allí, el 81% de los alumnos cursan este tipo de formación, muchos de ellos para tener una preparación práctica antes de ir a la Universidad.
No debe confundirse el derecho de todos los alumnos a ir a la Universidad con la necesidad de que todos lo hagan. El sistema educativo que necesitan los ciudadanos del siglo XXI después de cursar la educación obligatoria debe ser ante todo flexible.
(Editorial de El País)
Es hora de fomentar la Formación Profesional y de acabar con los prejuicios en su contra
EL PAÍS - Opinión - 24-12-2007
Cada año salen al mercado más titulados universitarios que de Formación Profesional. Unos 190.000 frente a unos 150.000, respectivamente. Nadie parece haberse parado a pensar o, al menos, a exponer los perjuicios crecientes de esta situación tanto para el equilibrio del mercado laboral como para el desarrollo del país y para los intereses de los afectados de forma más inmediata, los jóvenes. La pirámide se está invirtiendo y si cada vez hay más titulados universitarios que saben, por ejemplo, hacer proyectos, no sucede lo mismo con quién los va a ejecutar.
Lo que cobran los universitarios cuando entran en el mercado laboral se está acercando cada vez más a lo que ganan los jóvenes que han cursado sólo la educación obligatoria, es decir, la ESO. La FP -que es la otra opción al Bachillerato después de conseguir el título de ESO- está en un punto intermedio, pero el 80% de los titulados en ella en muchas comunidades encuentra trabajo en su campo antes de seis meses. No les pasa lo mismo a los universitarios.
La FP sigue considerándose socialmente como la opción para los estudiantes que no están capacitados para ir a la Universidad. El 71% de los padres de alumnos de 16 años quiere que su hijo tenga estudios superiores. La consecuencia es que sólo 3 de cada 20 alumnos que acaban la ESO eligen la FP en lugar del Bachillerato. Esta situación no encaja, además, con que el 30% de los alumnos de esa edad ni siquiera logra el título de ESO.
A estas creencias populares que desprestigian injustamente una opción educativa (compuesta por dos etapas, FP de grado medio y FP de grado superior) que forma profesionales imprescindibles para el sistema productivo español, se une la falta de voluntad política para buscar una solución, más allá de las buenas palabras que siempre expresa el Gobierno de turno sobre la FP. Esta etapa necesita un verdadero vuelco, precisa repensar sus dos conexiones: con el mundo empresarial y con el ciudadano. Sería deseable meterla directamente en las empresas, darla a conocer bien en los colegios e institutos e incentivar su elección. Y no sería mala idea incluso cambiarla de nombre, como proponen algunos expertos.
En otros países, la FP no está desacreditada ni mucho menos. Más bien al revés. Sólo el 36% de los jóvenes españoles ha hecho una Formación Profesional de grado medio, casi la mitad que en Alemania (67%) o en Italia (62%), y estamos a años luz también en este tema del país ejemplar en todas las cuestiones educativas: Finlandia. Allí, el 81% de los alumnos cursan este tipo de formación, muchos de ellos para tener una preparación práctica antes de ir a la Universidad.
No debe confundirse el derecho de todos los alumnos a ir a la Universidad con la necesidad de que todos lo hagan. El sistema educativo que necesitan los ciudadanos del siglo XXI después de cursar la educación obligatoria debe ser ante todo flexible.
(Editorial de El País)
Muy interesante el artículo de Jesús Mosterín publicado en El País, sobre la campaña de la Iglesia en contra del aborto:
TRIBUNA: JESÚS MOSTERÍN
Obispos, aborto y castidad
La Iglesia católica ha puesto en marcha una campaña fundamentalista con el fin de paralizar la revisión de la ley de aborto vigente. Pero también prohíbe la contracepción. Sólo permite la castidad o el natalismo salvaje Por JESÚS MOSTERÍN
JESÚS MOSTERÍN 24/03/2009
La actual campaña de la Conferencia Episcopal contra los linces y las mujeres que abortan pone de relieve el patético deterioro de la formación intelectual del clero, que si bien nunca ha sobresalido por su nivel científico, al menos en el pasado era capaz de distinguir el ser en potencia del ser en acto. ¿Dónde quedó la teología escolástica del siglo XIII, que incorporó esas nociones aristotélicas? ¿Qué fue de la sutileza de los cardenales renacentistas? La imagen de deslavazada charlatanería y de enfermiza obsesión antisexual que ofrecen los pronunciamientos de la jerarquía católica no sólo choca con la ciencia y la racionalidad, sino que incluso carece de base o precedente alguno en las enseñanzas que los Evangelios atribuyen a Jesús.
La campaña episcopal se basa en el burdo sofisma de confundir un embrión (o incluso una célula madre) con un hombre. Por eso dicen que abortar es matar a un hombre, cometer un homicidio. El aborto está permitido y liberalizado en Estados Unidos, Francia, Italia, Portugal, Japón, India, China y en tantos otros países en los que el homicidio está prohibido. ¿Será verdad que todos ellos caen en la flagrante contradicción de prohibir y permitir al mismo tiempo el homicidio, como pretenden los agitadores religiosos, o será más bien que el aborto no tiene nada que ver con el homicidio? De hecho, el único motivo para prohibir el aborto es el fundamentalismo religioso. Ninguna otra razón moral, médica, filosófica ni política avala tal proscripción. Donde la Iglesia católica (o el islamismo) no es prepotente y dominante, el aborto está permitido, al menos durante las primeras semanas (14, de promedio).
Una bellota no es un roble. Los cerdos de Jabugo se alimentan de bellotas, no de robles. Y un cajón de bellotas no constituye un robledo. Un roble es un árbol, mientras que una bellota no es un árbol, sino sólo una semilla. Por eso la prohibición de talar los robles no implica la prohibición de recoger sus frutos. Entre el zigoto originario, la bellota y el roble hay una continuidad genealógica celular: la bellota y el roble se han formado mediante sucesivas divisiones celulares (por mitosis) a partir del mismo zigoto. El zigoto, la bellota y el roble constituyen distintas etapas de un mismo organismo. Es lo que Aristóteles expresaba diciendo que la bellota no es un roble de verdad, un roble en acto, sino sólo un roble en potencia, algo que, sin ser un roble, podría llegar a serlo. Una oruga no es una mariposa. Una oruga se arrastra por el suelo, come hojas, carece de alas, no se parece nada a una mariposa ni tiene las propiedades típicas de las mariposas. Incluso hay a quien le encantan las mariposas, pero le dan asco las orugas. Sin embargo, una oruga es una mariposa en potencia.
Cuando el espermatozoide de un hombre fecunda el óvulo maduro de una mujer y los núcleos haploides de ambos gametos se funden para formar un nuevo núcleo diploide, se forma un zigoto que (en circunstancias favorables) puede convertirse en el inicio de un linaje celular humano, de un organismo que pasa por sus diversas etapas de mórula, blástula, embrión, feto y, finalmente, hombre o mujer en acto. Aunque estadios de un desarrollo orgánico sucesivo, el zigoto no es una blástula, y el embrión no es un hombre. Un embrión es un conglomerado celular del tamaño y peso de un renacuajo o una bellota, que vive en un medio líquido y es incapaz por sí mismo de ingerir alimentos, respirar o excretar -no digamos ya de sentir o pensar-, por lo que sólo pervive como parásito interno de su madre, a través de cuyo sistema sanguíneo come, respira y excreta. Este parásito encierra la potencialidad de desarrollarse durante meses hasta llegar a convertirse en un hombre. Es un milagro maravilloso, y la mujer en cuyo seno se produzca puede sentirse realizada y satisfecha. Pero en definitiva es a ella a quien corresponde decidir si es el momento oportuno para realizar milagros en su vientre.
El niño es un anciano en potencia, pero un niño no tiene derecho a la jubilación. Un hombre vivo es un cadáver en potencia, pero no es lo mismo enterrar a un hombre vivo que a un cadáver. A los vegetarianos, a los que les está prohibido comer carne, se les permite comer huevos, porque los huevos no son gallinas, aunque tengan la potencialidad de llegar a serlas. Un embrión no es un hombre, y por tanto eliminar un embrión no es matar a un hombre. El aborto no es un homicidio. Y el uso de células madre en la investigación, tampoco.
Otra falacia consiste en decir que, si los padres de Beethoven hubieran abortado, no habría habido Quinta Sinfonía, y si nuestros padres hubieran abortado el embrión del que surgimos, ahora no existiríamos. Pero si los padres de Beethoven y los nuestros hubieran sido castos, tampoco habría Quinta Sinfonía y tampoco existiríamos nosotros. Si esto es un argumento para prohibir el aborto, también lo es para prohibir la castidad. Pero tanta prohibición supongo que resultaría excesiva incluso para la Iglesia católica. Una de sus múltiples contradicciones estriba en que impone un natalismo salvaje a los demás, mientras a sus propios sacerdotes y monjas les exige el celibato y la castidad absoluta.
Desde luego, la contracepción es mucho mejor que el aborto, pero la Iglesia la prohíbe también (siguiendo en ambos casos al ex-maniqueo Agustín de Hipona, no a Jesús). Tanto el anterior papa Wojtyla como el actual papa Ratzinger se han dedicado a viajar por África y Latinoamérica despotricando contra los preservativos y el aborto, lo que equivale a promover el sida y la miseria. En cualquier caso, la contracepción puede fallar. A veces el embarazo imprevisto será una sorpresa muy agradable. Otras veces, llevarlo a término supondría partir por la mitad la vida de una mujer, arruinar su carrera profesional o incluso traer al mundo un subnormal profundo o un vegetal humano descerebrado. Sólo a la mujer implicada le es dado juzgar esas graves circunstancias, y no a la caterva arrogante de prelados, jueces, médicos y burócratas empeñados en decidir por ella. El aborto es un trauma. Ninguna mujer lo practica por gusto o a la ligera. Pero la procreación y la maternidad son algo demasiado importante como para dejarlo al albur de un descuido o una violación. El aborto, como el divorcio o los bomberos, se inventó para cuando las cosas fallan.
Muchas parejas anhelan tener hijos, muchas mujeres desean quedar embarazadas y esperan con ilusión el nacimiento de la criatura. El infante querido y deseado suele estar bien alimentado y educado, colmado de cariño y estimulación y (salvo raro defecto genético) su cerebro se desarrolla bien. Por desgracia, el mundo está lleno de madres violadas o forzadas y de niños no deseados, abandonados a la mendicidad y la delincuencia, famélicos, con los cerebros malformados por la carencia alimentaria y la falta de estímulos, carne de cañón de guerrillas crueles y explotaciones prematuras. La jerarquía eclesiástica se ensaña con esas mujeres desgraciadas. El cardenal nicaragüense Obando y Bravo se opuso al aborto terapéutico de una niña de nueve años, violada, enferma y con su vida en peligro. Hace un par de años, la Iglesia de Nicaragua acabó apoyando políticamente al dictador Daniel Ortega a cambio de que éste prohibiese definitivamente el aborto terapéutico. Hace unas semanas el arzobispo Cardoso ha excomulgado en Brasil a la madre de otra niña de nueve años violada por su padrastro y en peligro de muerte por su embarazo doble, así como a los médicos que efectuaron el aborto. En 2007 se hizo famoso el caso de Miss D, una irlandesa de 17 años embarazada con un feto con anencefalia, es decir, sin cerebro ni parte del cráneo, condenado a ser un niño vegetativo, ciego, sordo, irremediablemente inconsciente, incapaz de percibir, pensar ni sentir nada, ni siquiera dolor. Las autoridades impidieron que Miss D fuera a Inglaterra a abortar, aunque más tarde los tribunales anularon la prohibición. Los grupos católicos fanáticos presionan para que se impida a las irlandesas que viajen a Inglaterra a abortar, lo que choca con la legislación comunitaria, que garantiza la libertad de movimientos en la UE.
En España misma, el año pasado, una mujer preñada de un feto con holoprosencefalia, condenado a morir al nacer o a vivir como vegetal, tuvo que ir a Francia a abortar. El derecho a abortar es para muchas mujeres más importante que el derecho a votar en las elecciones, y ha de serles reconocido incluso por aquellos que personalmente jamás abortarían. En 1985 se aprobó la reforma del Código Penal para cumplir a medias y mal el programa electoral del PSOE. Desde entonces, tanto los Gobiernos de Felipe González como de Zapatero se han dedicado a marear la perdiz, diciendo que no era el momento oportuno y que había que esperar a que los obispos dejasen de vociferar. Pero los obispos nunca van a dejar de vociferar. Después de 24 años de remilgos, espero que los socialistas se decidan finalmente a liberalizar el aborto dentro de las primeras semanas del embarazo. Tampoco hace falta ser tan progre para ello. Margaret Thatcher lo tenía ya perfectamente asumido hace 30 años.
Jesús Mosterín es profesor de Investigación en el Instituto de Filosofía del CSIC.
TRIBUNA: JESÚS MOSTERÍN
Obispos, aborto y castidad
La Iglesia católica ha puesto en marcha una campaña fundamentalista con el fin de paralizar la revisión de la ley de aborto vigente. Pero también prohíbe la contracepción. Sólo permite la castidad o el natalismo salvaje Por JESÚS MOSTERÍN
JESÚS MOSTERÍN 24/03/2009
La actual campaña de la Conferencia Episcopal contra los linces y las mujeres que abortan pone de relieve el patético deterioro de la formación intelectual del clero, que si bien nunca ha sobresalido por su nivel científico, al menos en el pasado era capaz de distinguir el ser en potencia del ser en acto. ¿Dónde quedó la teología escolástica del siglo XIII, que incorporó esas nociones aristotélicas? ¿Qué fue de la sutileza de los cardenales renacentistas? La imagen de deslavazada charlatanería y de enfermiza obsesión antisexual que ofrecen los pronunciamientos de la jerarquía católica no sólo choca con la ciencia y la racionalidad, sino que incluso carece de base o precedente alguno en las enseñanzas que los Evangelios atribuyen a Jesús.
La campaña episcopal se basa en el burdo sofisma de confundir un embrión (o incluso una célula madre) con un hombre. Por eso dicen que abortar es matar a un hombre, cometer un homicidio. El aborto está permitido y liberalizado en Estados Unidos, Francia, Italia, Portugal, Japón, India, China y en tantos otros países en los que el homicidio está prohibido. ¿Será verdad que todos ellos caen en la flagrante contradicción de prohibir y permitir al mismo tiempo el homicidio, como pretenden los agitadores religiosos, o será más bien que el aborto no tiene nada que ver con el homicidio? De hecho, el único motivo para prohibir el aborto es el fundamentalismo religioso. Ninguna otra razón moral, médica, filosófica ni política avala tal proscripción. Donde la Iglesia católica (o el islamismo) no es prepotente y dominante, el aborto está permitido, al menos durante las primeras semanas (14, de promedio).
Una bellota no es un roble. Los cerdos de Jabugo se alimentan de bellotas, no de robles. Y un cajón de bellotas no constituye un robledo. Un roble es un árbol, mientras que una bellota no es un árbol, sino sólo una semilla. Por eso la prohibición de talar los robles no implica la prohibición de recoger sus frutos. Entre el zigoto originario, la bellota y el roble hay una continuidad genealógica celular: la bellota y el roble se han formado mediante sucesivas divisiones celulares (por mitosis) a partir del mismo zigoto. El zigoto, la bellota y el roble constituyen distintas etapas de un mismo organismo. Es lo que Aristóteles expresaba diciendo que la bellota no es un roble de verdad, un roble en acto, sino sólo un roble en potencia, algo que, sin ser un roble, podría llegar a serlo. Una oruga no es una mariposa. Una oruga se arrastra por el suelo, come hojas, carece de alas, no se parece nada a una mariposa ni tiene las propiedades típicas de las mariposas. Incluso hay a quien le encantan las mariposas, pero le dan asco las orugas. Sin embargo, una oruga es una mariposa en potencia.
Cuando el espermatozoide de un hombre fecunda el óvulo maduro de una mujer y los núcleos haploides de ambos gametos se funden para formar un nuevo núcleo diploide, se forma un zigoto que (en circunstancias favorables) puede convertirse en el inicio de un linaje celular humano, de un organismo que pasa por sus diversas etapas de mórula, blástula, embrión, feto y, finalmente, hombre o mujer en acto. Aunque estadios de un desarrollo orgánico sucesivo, el zigoto no es una blástula, y el embrión no es un hombre. Un embrión es un conglomerado celular del tamaño y peso de un renacuajo o una bellota, que vive en un medio líquido y es incapaz por sí mismo de ingerir alimentos, respirar o excretar -no digamos ya de sentir o pensar-, por lo que sólo pervive como parásito interno de su madre, a través de cuyo sistema sanguíneo come, respira y excreta. Este parásito encierra la potencialidad de desarrollarse durante meses hasta llegar a convertirse en un hombre. Es un milagro maravilloso, y la mujer en cuyo seno se produzca puede sentirse realizada y satisfecha. Pero en definitiva es a ella a quien corresponde decidir si es el momento oportuno para realizar milagros en su vientre.
El niño es un anciano en potencia, pero un niño no tiene derecho a la jubilación. Un hombre vivo es un cadáver en potencia, pero no es lo mismo enterrar a un hombre vivo que a un cadáver. A los vegetarianos, a los que les está prohibido comer carne, se les permite comer huevos, porque los huevos no son gallinas, aunque tengan la potencialidad de llegar a serlas. Un embrión no es un hombre, y por tanto eliminar un embrión no es matar a un hombre. El aborto no es un homicidio. Y el uso de células madre en la investigación, tampoco.
Otra falacia consiste en decir que, si los padres de Beethoven hubieran abortado, no habría habido Quinta Sinfonía, y si nuestros padres hubieran abortado el embrión del que surgimos, ahora no existiríamos. Pero si los padres de Beethoven y los nuestros hubieran sido castos, tampoco habría Quinta Sinfonía y tampoco existiríamos nosotros. Si esto es un argumento para prohibir el aborto, también lo es para prohibir la castidad. Pero tanta prohibición supongo que resultaría excesiva incluso para la Iglesia católica. Una de sus múltiples contradicciones estriba en que impone un natalismo salvaje a los demás, mientras a sus propios sacerdotes y monjas les exige el celibato y la castidad absoluta.
Desde luego, la contracepción es mucho mejor que el aborto, pero la Iglesia la prohíbe también (siguiendo en ambos casos al ex-maniqueo Agustín de Hipona, no a Jesús). Tanto el anterior papa Wojtyla como el actual papa Ratzinger se han dedicado a viajar por África y Latinoamérica despotricando contra los preservativos y el aborto, lo que equivale a promover el sida y la miseria. En cualquier caso, la contracepción puede fallar. A veces el embarazo imprevisto será una sorpresa muy agradable. Otras veces, llevarlo a término supondría partir por la mitad la vida de una mujer, arruinar su carrera profesional o incluso traer al mundo un subnormal profundo o un vegetal humano descerebrado. Sólo a la mujer implicada le es dado juzgar esas graves circunstancias, y no a la caterva arrogante de prelados, jueces, médicos y burócratas empeñados en decidir por ella. El aborto es un trauma. Ninguna mujer lo practica por gusto o a la ligera. Pero la procreación y la maternidad son algo demasiado importante como para dejarlo al albur de un descuido o una violación. El aborto, como el divorcio o los bomberos, se inventó para cuando las cosas fallan.
Muchas parejas anhelan tener hijos, muchas mujeres desean quedar embarazadas y esperan con ilusión el nacimiento de la criatura. El infante querido y deseado suele estar bien alimentado y educado, colmado de cariño y estimulación y (salvo raro defecto genético) su cerebro se desarrolla bien. Por desgracia, el mundo está lleno de madres violadas o forzadas y de niños no deseados, abandonados a la mendicidad y la delincuencia, famélicos, con los cerebros malformados por la carencia alimentaria y la falta de estímulos, carne de cañón de guerrillas crueles y explotaciones prematuras. La jerarquía eclesiástica se ensaña con esas mujeres desgraciadas. El cardenal nicaragüense Obando y Bravo se opuso al aborto terapéutico de una niña de nueve años, violada, enferma y con su vida en peligro. Hace un par de años, la Iglesia de Nicaragua acabó apoyando políticamente al dictador Daniel Ortega a cambio de que éste prohibiese definitivamente el aborto terapéutico. Hace unas semanas el arzobispo Cardoso ha excomulgado en Brasil a la madre de otra niña de nueve años violada por su padrastro y en peligro de muerte por su embarazo doble, así como a los médicos que efectuaron el aborto. En 2007 se hizo famoso el caso de Miss D, una irlandesa de 17 años embarazada con un feto con anencefalia, es decir, sin cerebro ni parte del cráneo, condenado a ser un niño vegetativo, ciego, sordo, irremediablemente inconsciente, incapaz de percibir, pensar ni sentir nada, ni siquiera dolor. Las autoridades impidieron que Miss D fuera a Inglaterra a abortar, aunque más tarde los tribunales anularon la prohibición. Los grupos católicos fanáticos presionan para que se impida a las irlandesas que viajen a Inglaterra a abortar, lo que choca con la legislación comunitaria, que garantiza la libertad de movimientos en la UE.
En España misma, el año pasado, una mujer preñada de un feto con holoprosencefalia, condenado a morir al nacer o a vivir como vegetal, tuvo que ir a Francia a abortar. El derecho a abortar es para muchas mujeres más importante que el derecho a votar en las elecciones, y ha de serles reconocido incluso por aquellos que personalmente jamás abortarían. En 1985 se aprobó la reforma del Código Penal para cumplir a medias y mal el programa electoral del PSOE. Desde entonces, tanto los Gobiernos de Felipe González como de Zapatero se han dedicado a marear la perdiz, diciendo que no era el momento oportuno y que había que esperar a que los obispos dejasen de vociferar. Pero los obispos nunca van a dejar de vociferar. Después de 24 años de remilgos, espero que los socialistas se decidan finalmente a liberalizar el aborto dentro de las primeras semanas del embarazo. Tampoco hace falta ser tan progre para ello. Margaret Thatcher lo tenía ya perfectamente asumido hace 30 años.
Jesús Mosterín es profesor de Investigación en el Instituto de Filosofía del CSIC.
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